“Juventud, divino tesoro,
te vas para no volver.
Cuando quiero llorar no lloro
y a veces lloro sin querer.”
Rubén Darío
te vas para no volver.
Cuando quiero llorar no lloro
y a veces lloro sin querer.”
Rubén Darío
Esta vez no nos vamos a referir a la
juventud del alma… a la misteriosa “Afrodita de Oro”, a esa bondadosa
Madre que nos hace ver la parte bella y buena de la Naturaleza y del
Alma.
Es, en cambio, a la comúnmente llamada
“juventud”, a la que elevamos un sitial entre los afortunados. Pues, más
acá de toda reflexión esotérica y conocimiento oculto sobre las
reencarnaciones, es indiscutiblemente la primavera de la vida, con sus
tormentas y pedreas de granizo, pero primavera al fin, pletórica de
fuerza, vitalidad, colores y demás encantos. El famoso poeta de habla
española que citamos al principio, supo recoger en versos muy simples el
sentimiento colectivo de la mayoría de las personas; él era, sin duda,
un amado de las Musas.
Me dirijo, entonces, a aquellos que aún no
han cumplido los treinta años físicos. Sé que esta cifra como tope de la
juventud es arbitraria, pero me parece la edad más ajustada, como
término medio a nivel mundial.

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